Hace aproximadamente dos años, un día me desperté y sentí algo diferente.
Sin una explicación demasiado lógica, nació en mí una inquietud muy profunda: hacer algo para cuidar nuestro planeta.
No sé si fue una casualidad, una señal o simplemente el momento en que tenía que suceder. Pero, desde mi perspectiva y desde mi fe, me gusta pensar que fue un mensaje de Dios.
Un llamado a hacer algo que trascendiera mi propia vida.
Empecé a preguntarme qué podía aportar yo. No soy un científico ambiental ni vengo de una gran corporación. Soy un neuquino, una persona inquieta, autodidacta, que cree que con conocimiento, tecnología, esfuerzo y perseverancia se pueden construir cosas importantes.
Y así comenzó un camino de investigación, aprendizaje y desarrollo que terminó dando vida a GAIA NET ZERO.
Un software creado desde Neuquén, a pulmón, con muchísimas horas de trabajo, sacrificio y una convicción: que la tecnología puede ayudarnos a entender y reducir el impacto que generamos sobre el planeta.
Porque hay algo que entendí en este proceso:
La Tierra no nos pertenece únicamente a nosotros. También les pertenece a nuestros hijos, a nuestros nietos y a todas las generaciones que todavía no nacieron.
Y si hoy tenemos las herramientas para hacer las cosas mejor, ¿por qué esperar?
No pretendo cambiar el mundo yo solo. Pero sí quiero aportar mi granito de arena para que el día de mañana podamos mirar a nuestros hijos y decirles:
Hicimos algo. No nos quedamos de brazos cruzados.
Porque GAIA NET ZERO no nació solamente como un proyecto tecnológico o una oportunidad de negocio.
Nació de una convicción personal, de un propósito y, desde mi fe, de algo que siento que Dios puso en mi camino.
Y hoy quiero compartir ese propósito con otras personas, empresas e inversores que crean, como yo, que todavía estamos a tiempo de construir un futuro mejor.
